
DA LOMA
𝑬𝒍 𝑹𝒆𝒆𝒏𝒄𝒖𝒆𝒏𝒕𝒓𝒐
Publicación: 30 de mayo de 2025
SPOTIFY // APPLE MUSIC // TIDAL
AMAZON MUSIC // DEEZER
BANDCAMP
La Intrahistoria
Descargar en PDF
Este EP es el fruto de mi reencuentro con Paco Loco, con quien me unía, además de una profunda amistad, una dilatada relación profesional. Una situación provocada por terceros la truncó de golpe. Lo viví como una traición, viniendo de alguien en quien había depositado mi confianza.

Paco y yo en la puerta de Odds Norte (Gijón, 2000). Foto: C. S. Ulla
Siempre he tendido a vivirlo todo con intensidad. Lo reconozco como una cualidad y, a veces, como una carga. Con los años he aprendido a dosificar. Será la edad. O quizá que, al final, pocas cosas son tan trascendentales como parecen.
Mirándolo en perspectiva, su posición en aquel trance era comprensible. Con el paso del tiempo, y supongo que con maduración personal, llegué a ciertas conclusiones. Pero lo cierto es que aquello marcó un antes y un después: nuestra relación, tan productiva, se vio suspendida abruptamente desde 2010 hasta octubre de 2023, cuando nos reencontramos y registramos estas canciones.
Hacía tiempo que no publicaba como Da Loma, mi proyecto musical. El detonante para volver con ilusión fue un breve y cordial intercambio de mensajes con él, que terminaba con: “A ver si nos vemos, que lo hemos pasado muy bien juntos y os echamos de menos”. Me llegó. En la vida hacen falta esos chispazos, y este me activó e impulsó a terminar unas canciones que me llevaban tiempo rondando, con la idea de grabarlas juntos. Porque no se me ocurría mejor manera de reencontrarnos que en torno a una grabación, que quedara como recuerdo de unos días inolvidables.
Como la ocasión merecía una presentación que fuera más allá de lo promocional, he escrito este texto para acompañarlas y darles contexto.
Este es un capítulo importante para mí, y lleva escribiéndose alrededor de treinta años, como tantos otros en los que he tenido la fortuna de estar involucrado. En él contaré tanto la intrahistoria del proyecto, como la de mi relación con Paco; responsable, además de la grabación y mezcla del EP, de haber formado un dúo de rock conmigo durante el tiempo en que lo registramos.

La primera vez que lo vi fue sobre el escenario de la sala Maravillas de Madrid, poco después de que actuáramos Kebrantas, mi grupo de pop ruidoso en los primeros noventa. Acompañaba al trío de power pop asturiano Australian Blonde, en su actuación en el concurso de nuevas bandas que promovió la sala, y que terminaron ganando. Era algo mayor que los demás, y su imagen desentonaba: chaleco de cuero sin camisa, melena, gafas de espejo, una pluma como pendiente, botas vaqueras y el pantalón más bajo de lo habitual. Su actitud también era distinta: daba vueltas sobre una pierna y escupía al techo mientras hacía el molino de Pete Townshend.

Primer flyer de la nueva época de la sala Maravillas, mayo 1993
Posteriormente nos encontramos en las antiguas oficinas de RCA, en la Avenida de los Madroños 27, donde recientemente había sido promocionado a A&R local de la compañía en la que trabajé desde agosto de 1993 hasta septiembre de 1999, cuando salí con la intención de crear mi propio sello discográfico.
Mis primeros proyectos como A&R fueron el recopilatorio del primer FIB y Pop (RCA, 1995), de Los Planetas. Los vallecanos SKA-P fueron mi primer fichaje para la compañía. Su éxito fulgurante, junto a la entrada en listas de ventas del segundo álbum de los granadinos, supuso el espaldarazo definitivo a mi confianza dentro del sello. En poco tiempo, primero como promotor de medios, y después como el A&R más joven de la industria (veintitrés años), ayudé a convertir RCA -hasta ese momento un cajón de sastre en cuyo roster convivían artistas como Isabel Pantoja o Kiko Veneno, con Los Manolos o Los Porretas- en la compañía puntera en cuanto a talento emergente. Esto se debió en parte a una serie de acuerdos a tres bandas inaugurado con Surfin’ Bichos, que llevó al trío astur también al radar de la compañía. El éxito de “Chup-chup”, incluida en la BSO de Historias del Kronen (RCA, 1995), hizo que el omnipresente presidente quisiera acelerar su desarrollo, propiciando su paso a la multinacional.
Era reconocido el fundamental aporte de Paco a la banda, pero se cuestionó que volviera a encargarse de la grabación, sugiriendo en su lugar un nombre extranjero. Explorar esa opción podía ser interesante, pero lejos de consolidar su incipiente carrera como productor, aquello podría interpretarse como una desconsideración. Me alineé con la voluntad del grupo, enfrentándome de nuevo al establishment de la compañía.
Ocurrió otras veces, como cuando defendí como una obra de arte el videoclip de Himno generacional #83, de Los Planetas, que Jesús Franco filmó en primeras tomas una fría mañana de domingo en la sala El Sol. Otros vieron solo niños con pistolas, y el proyecto estuvo a punto de quedarse en un cajón.
Me siento orgulloso de aquella audacia juvenil, mezcla de inconsciencia e idealismo. Aunque también me llevó a situaciones complejas en las que, habitualmente, uno no se siente reconocido.
Finalmente, aquel disco -doble y homónimo- contó con un presupuesto holgado, coincidiendo con la puesta en marcha de Odds Sur, su “estudiogar” en El Puerto de Santa María (Cádiz), junto a su mujer, Muni Camón. Se contó con la participación de un arreglista y músicos de sesión, y también con la del prestigioso masterizador Bob Ludwig. Aquel álbum fue mezclado por Joaquín Torres, a quien posteriormente confié las producciones de Nadie hablará de… Nosoträsh (RCA, 1997) y El escarabajo más grande de Europa (RCA, 1998), de los geniales El Niño Gusano, otro de mis fichajes para el sello.
Nuestra colaboración fue creciendo, siendo especialmente fructífera en la primera década de Limbo Starr, sello que dirijo desde Madrid y desde 2000 junto a mi mujer, *Carmen S. Ulla.

Primer Premio UFI al mejor diseño gráfico por sus portadas para Nacho Vegas y Half Foot Outside
Cota elevada en la música cantada en castellano aquellas grabaciones con Nacho Vegas, cuatro álbumes y un puñado de epés que marcaron una época. También me enorgullece que mi apuesta por Paco funcionara tan bien, hasta el punto que siguen trabajando juntos; cuando inicialmente era una idea descartada por Nacho, después de haberlo hecho con sus anteriores grupos. Indiscutiblemente, ese trabajo juntos hizo que otros artistas, tanto transeúntes de los márgenes de la industria, como números uno en las listas comerciales, contrataran sus servicios en busca de esa aura única.
Hubo muchos otros discos registrados para siempre, independientemente de su calado cuantitativo. Álbumes de Tachenko, Remate, PAL, Abraham Boba, Maga, Töast… Y ahora, El Reencuentro, del que a continuación hablaré canción a canción.
Antes de empezar, quiero compartir que el año terminó con otro mensaje de Paco. Decía:
“Feliz Navidad, y comentaros que la mayor alegría del año fue volver a trabajar con vosotros…”.
Leer aquello me entusiasmó y me impulsó a escribir estas líneas. Al igual que este texto me ha animado a seguir escribiendo lo que, posiblemente, acabe convertido en unas memorias profesionales.
Su mensaje no solo cerraba el año, también cerraba un círculo. O quizá lo abría de nuevo, porque, después de todo, la música sigue siendo el mejor lugar para encontrarnos. Fue la confirmación de que algunas conexiones nunca se rompen del todo. Solo esperan el momento adecuado para volver a sonar.
Ilusionado, presento al mundo estas nuevas canciones nacidas del amor a la música, al ruido y a la amistad. Espero que las disfruten.
David López – Da Loma

Canción a canción
Cuando terminé El espejo (Limbo Starr, 2019), me hice una promesa: si volvía a grabar, sería diferente. Nada de eternizarme en idas y venidas al estudio, ni de acumular mezclas alternativas como si fueran suvenires de un viaje interminable. Quería algo inmediato, directo, honesto. Entrar por la puerta del estudio con las canciones estructuradas y salir con las mezclas terminadas. Sin losas, sin peso. Todo tenía que suceder en ese espacio-tiempo, sin distracciones, como si el mundo se detuviera y solo existiera la música. Y eso es exactamente lo que ocurrió.

Mi estudio casero en el Limbo Club, donde grabé El espejo, el EP Canciones para viajar por dentro (Limbo Starr, 2020) y “Cold Night”, versión de Galaxie 500 para el álbum tributo On fire | 30 (A head full of whises, 2019).
Durante cuatro días, Paco y yo nos convertimos en un dúo de rock, repartiéndonos los instrumentos y trabajando a un ritmo vertiginoso. Los dos primeros fueron pura combustión: guitarras, bajos, baterías… Todo lo necesario para encender el motor. Los otros dos, puro refinamiento y experimentación: teclados, detalles y capas que daban forma a la canción. Hubo un proceso previo, claro, no tan diferente al que llevé a cabo en El espejo, pero esta vez menos obsesivo, más suelto. Buscaba emoción y energía.
«Algo está pasando (Canción protesta #115)»
Esta canción fusiona los elementos clásicos del rock alternativo con sonidos electrónicos. Surgió de una premisa simple pero poderosa: que tuviera vida propia y nos guiara durante su creación. Tan viva, que no fue hasta el final que descubrimos su duración: casi seis minutos. Comencé a escribirla un día cualquiera, después de un rato frente a la tele. Todo era fuego y destrucción, miedo y polarización. Las mismas imágenes repetidas hasta el hastío, como si el mundo estuviera atrapado en un bucle de caos interminable. La apagué buscando alivio. Tomé el móvil y me encontré con más de lo mismo: ese ruido constante que alimentamos en redes sociales, esa bestia voraz que nunca se sacia. Lo guardé en un cajón y fue como abrir una ventana. Me niego a dejarme atrapar en esa espiral tóxica que reduce la vida a una visión tan deprimente.
El irónico subtítulo es un guiño a Bob Dylan, después de que Paco dijera que algo en la introducción le recordaba a él. Nunca he sido muy fan de la canción con tintes políticos, ni de convertir el escenario en un estrado para aleccionar. Dylan nunca lo hizo. Y no se dejó utilizar por otros. Ser artista—según tus actos y cómo entiendas tu arte—ya es, en sí mismo, un acto político. Y uno de los más poderosos.
En lo musical, la canción comienza con una presentación escalonada de los actores: primero, un ritmo de batería tocado por Paco; esencial y primigenio, desnudo en sus elementos y directo en su ejecución. A lo Moe Tucker, una de las mujeres más influyentes de la música. The Velvet Underground siempre será mi grupo favorito, y Lou Reed, para mí, el artista musical más importante del siglo XX. No solo por su obra, sino también por la profundidad de su influencia. Es el alma detrás del indie rock que me conquistó en la adolescencia, y sigue siendo una brújula en mi manera de entender la música.

Gracias a Rafa Cervera por conseguirme la dedicatoria del maestro de maestros
Muy presente también el espíritu fan de Bobby Gillespie y la huella de los Velvet en los primeros pasos de The Jesus and Mary Chain, uno de mis grupos de cabecera. Porque de eso va: de robar y compartir, como cantaban Tachenko. La idea era superponer ese ritmo rock primitivo con detalles de percusión electrónica. Me inspira esa línea que une a Kraftwerk con LCD Soundsystem, pasando por Can, Broadcast y mil más: robots con latidos, cuerpos futuristas con alma.
Las frecuencias electrónicas están lideradas por una línea armónica de sintetizador analógico Moog, modelo Little Phatty, que vertebra la canción y le da esa profundidad casi hipnótica. Me gusta pensar que ciertas frecuencias, moduladas con la textura adecuada, pueden tener un efecto balsámico, casi sanador. Considero a Robert Moog un héroe de la música contemporánea, alguien que expandió los límites de la creación sonora. Por supuesto, junto a otros, porque ya se sabe: solo no puedes, con amigos sí. A la altura de Leo Fender y Les Paul. Pioneros del ruido de guitarras.

Al hilo de la síntesis analógica, hago un paréntesis para recordar una anécdota con una directora con quien nunca terminé de congeniar en mi última etapa en RCA. Se trataba de la cuarta cabeza en seis años, algo que contrastaba con ese discurso sobre el desarrollo a medio-largo plazo del que tanto se presumía. Después de aquel primer álbum con Australian Blonde, del que -como siempre- aprendimos más de los errores que de los aciertos, llegó Extra (RCA, 1998), un disco fantástico.
Recuerdo la emoción con la que lo presenté en la compañía, convencido de que su sonido marcaba un paso adelante. Pero la respuesta fue desalentadora. Además de señalar que «faltaba una balada”, la superior mencionó con cierto desdén un «grillo» que, según ella, sonaba de fondo en algunas canciones. Se refería a un sintetizador Moog que aportaba carácter y textura al álbum. Aquella desconexión fue una evidencia más del nuevo rumbo que me hacía sentir fuera de lugar. No tardé en buscar la salida, y conmigo la mayoría de grupos que firmé, incluyendo a *Marea, los últimos.

Firmando a Marea para RCA, junio 1999. Foto: Álvaro Stuyck
Volviendo a la canción, y antes de la mencionada intro, hace aparición la guitarra principal, tocada con una Fender Jaguar que compré con mi primer sueldo en la londinense Denmark Street, sobre la que revolotean los hallazgos de Kevin Shields (My Bloody Valentine), ese obsesivo revolucionario del sonido.

Desde ahí y hasta el final, el bajo eléctrico y un arpegio de sintetizador se entrelazan para marcar el pulso, creando una sensación de movimiento constante. Sobre esa base, van apareciendo nuevas capas que suman texturas y sorpresas: más secuencias electrónicas, y dos guitarras que toqué con las alucinantes Gibson SG y Fender “barítono” Vintera de Paco, que añaden aristas y profundidad. Él lo hizo con un órgano Farfisa distorsionado, que se retuerce entre los acordes, y con un piano desbocado que oscila entre la crudeza de Little Richard y el pulso hipnótico de John Cale.

Es alucinante pensar que nada permanece fijo en el universo. Ni en la música. Esa idea me llevó a insistir en la importancia de ese arpegio sintetizado inspirado tanto en «I Feel Love” de Donna Summer -producida por Giorgio Moroder, e influencia para New Order, que con «Blue Monday” llevaron el rock a la pista de baile-, como en la jarra eléctrica de 13th Floor Elevators. Algo está pasando, y merece que le prestemos atención. Aunque sea durante seis minutos.
«Retorno a Anacordia»
La primera canción que escribí se tituló “Anacordia” y formó parte del único álbum de Kebrantas, Amateur (Radiation Records, 1995). La compuse con una guitarra española que mi abuelo materno, Pedro, encontró en la basura. Él había sido carpintero y, con paciencia, la lijó y la barnizó antes de regalármela. Aquella guitarra, junto a un par de fotocopias con acordes básicos y los discos de los Ramones, fueron mi punto de partida.
Está basada en una historia que me contó mi padre, después de un episodio clínico cercano a la muerte. La escribí de una sentada, algo que hoy me parece increíble. Ese fue el nombre que le di a ese lugar donde se dejaba llevar plácidamente, a través de un túnel en dirección a una intensa luz blanca. Algo escuchado en otras ocasiones, que él vivió en primera persona, marcándole de por vida. Me apetecía revisitarla, manteniendo la letra original intacta. La música se centra en un arpegio de guitarra acústica, que toqué con una preciosa Takamine de Paco. Él la envolvió en efectos celestiales, igual que mi voz, deslizándolas por una escalera infinita en espiral, como una de Escher; uno de mis artistas plásticos favoritos junto a Mondrian, Rothko, Pollock, Lichtenstein y Hockney, inspiración para la portada del EP, fotografía y diseño de C. S. Ulla.

Y entonces, mientras Paco daba los últimos retoques a la mezcla y añadía nuevas capas, me quedé traspuesto en el sillón del estudio y, no sé cómo, desperté en Twin Peaks.

«Líneas paralelas»
Esta canción habla de lo que está condenado a no ocurrir, a caminar en paralelo hasta el infinito. Tenía los dos primeros versos rondando desde hacía tiempo, y fueron los que marcaron el resto. Un día puse el disco de Blondie, y caí en la coincidencia del título. Su estructura la hermana con “De Madrid al suelo”, incluida en El espejo. Es un poco más compleja, con un puente por estrofa, pero sigue esa clave “Jackson”, de Lee Hazlewood y Nancy Sinatra: una fantástica canción que suena redonda sin necesidad de estribillo.
Me chifla cómo ha quedado y disfruto mucho escuchándola. Desde la intro de ruido eléctrico, que preludia el comienzo de la montaña rusa, hasta la coda final. Me gusta el ruido. Y me gusta la electricidad. Estudié un doble grado en electricidad, y posteriormente sonido y un máster en producción musical. Y conceptos de ambos fenómenos de energía se filtran en la letra.

El pulso es firme, incesante: bajo y batería se mueven juntos, impulsando la canción con una energía que no cede. Las guitarras crepitan, nerviosas y afiladas, mientras un sintetizador lo mantiene todo en vilo, como una descarga que aviva el movimiento. Sin respiro, la canción avanza fluyendo con su propia lógica hasta el final.
«Es un error»
Todos cometemos errores. Algo tan obvio que, a veces, se nos olvida. Hay cosas que seguimos haciendo, -o dejando de hacer- aun sabiendo que no nos convienen. Algunas fueron divertidas en algún momento. Otras ni siquiera. El primer paso para resolverlo es ser consciente. Nunca hay que perder la esperanza. De ahí parte la idea de la canción: una mirada honesta a nuestros propios errores.
Un error sería enzarzarse con Paco en una discusión en el estudio, porque al final va a hacer lo que quiera; y además habrás desperdiciado el tiempo. Es decir, tu dinero, como le gusta decir. Desde el principio me dejé sorprender. Encantado.
La canción parte de un riff de guitarra que toqué con mi Gibson Les Paul Studio. Desde su génesis, tenía en mente a los Pixies, otros de mis héroes de juventud. Imaginaba la canción en esa onda Trompe Le Monde (4AD, 1991): potente, guitarrera y subrayada con sintetizadores. Pero la llevó a un nuevo sitio. Retorcido, oscuro y lleno de recovecos y contraluces. Un lugar que me entusiasma.



Grabar con él es toda una experiencia donde el tiempo se exprime al máximo. Además tiene un punto chafardero muy simpático, y le encanta hablar. Es muy curioso y le gusta compartir conocimiento. También lo reclama. Puede estar en silencio concentrado moviendo botones, conectando cables o con la mirada clavada en la pantalla, y con la velocidad de una flecha preguntar: ¿Conoces a este grupo? ¿Has oído este disco? ¿Te has enterado de esto? Y en una de esas me preguntó por qué había decidido poner en marcha el proyecto. Nunca lo había pensado, pero no tardé en contestarle. Siempre quise tener un grupo. Desde los 12 años, cuando con mis amigos del colegio montamos una banda de playback de KISS para actuar en la fiesta de Navidad.
Estuvimos todo el primer trimestre preparándolo. Hasta ensayábamos. Preparamos el backline en clase de Trabajos Manuales. Las guitarras eran raquetas de tenis a las que les pegamos el diseño que previamente habíamos dibujado, coloreado y recortado en un cartón. La batería eran botes de detergente convenientemente customizados. Los amplificadores, cajas de cartón pintadas. Y aunque intentamos hacer pies de micro con palos de escoba, fue imposible encontrar un invento para tenerlos en pie. Ahora hay miles de tutoriales para hacer cualquier cosa, pero en aquella época -mediados de los 80- no había internet. No era igual que ahora, que en cada esquina de La Gran Vía te encuentras una tienda de ropa de usar y tirar -donde antes había tiendas de discos-, y puedes salir disfrazado de lo que quieras en un santiamén. Pero lo resolvimos con la ayuda de las mujeres de nuestras familias, gracias a leotardos, cinturones, camisetas rotas y botas prestadas. Lo del maquillaje también fue un poco odisea, porque tampoco es como ahora, que entras en un “chino” y sales con pinturas de todos los colores. Pero tiramos de ingenio con lo que teníamos a mano, pintalabios rojos y eyeliner para las estrellas. Y para la pintura blanca de la cara, una especie de masa hecha con crema, harina y glicerina. Todo el equipo de sonido era un radiocassette Radiola, con una copia de su álbum Creatures of the night (Casablanca Records, 1982) comprada en el Rastro. Hicimos buena promoción, y la expectación era grande. Éramos el plato fuerte del día. Junto al de las vacaciones de verano, el momento más esperado del año. Fue muy divertido llevar adelante todo aquello, y esa primera vez me marcó para siempre.

Para terminar, un recuerdo para la familia canina Loco-Camón, que tanto me acompañó durante aquellos días. Esta instantánea muestra el momento en el que estaba preparando mis cosas para marchar, apoyadas en la pared de la casita donde cómodamente me alojé aquellos días. La misma escena que ellos han vivido en numerosas ocasiones, sabedores de que el momento de la despedida se acercaba. Me llenó de ternura. Espero volver a veros pronto. Guau.

